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una infancia feliz

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La literatura abunda en ejemplos de niños dichosos desde el nacimiento




Rufo Gamazo Rico 

RUFO GAMAZO RICO. Los chachos» es una novela muy interesante, pero de lectura difícil por la densidad del relato y el léxico escogido y localista. Como toda obra singular, ofrece al lector obligados descansos para la rumia de sus curiosos hallazgos literarios; y el estudioso del idioma se sentirá feliz con la riqueza del texto en palabras que Pedro Álvarez emplea con la admirable propiedad del autor que las conoce y las ama. No es una infancia tópica la que se recrea en esta novela reeditada por el Instituto de Estudios Zamoranos. La literatura abunda en ejemplos de infancia feliz

protagonizados por niños y niñas dichosos desde el nacimiento al estilo de las biografías de ciertos santos. En cambio, algunos cuentos de Navidad inciden en peripecias dramáticas de niños desgraciados. Los chachos de Pedro Álvarez se reparten en su imaginado teatro de la vida los papeles que ven protagonizar a los mayores con diferente fortuna; es curiosa la fórmula: cada uno «hace de...»; ninguno es, simplemente representa; pronto aprenden a considerar fingimiento el protagonismo en el mundo real.
¿Existe en verdad una infancia feliz fuera de los lugares de la creación literaria? Con poco ríe un niño; poco le basta para encorajinares y entrar en llantina; más difícil es conocer los motivos de su felicidad o tristeza; Selgas, al fin y al cabo poeta del sentimiento, gozaba contemplando el juego incansable del niño feliz; pocas cosas preocupan tanto como la inexplicada y prolongada tristeza de un muchacho. La lectura —otra más— de «Los chachos» me ha puesto en el trance de preguntarme cuándo y por qué nos sentíamos felices o desdichados los escolares del pueblo. Una mañana nos preguntó el maestro si estábamos contentos con la experiencia vivida en la tarde anterior. Ayer, me precipité a contestarle, fue el día más feliz de mi vida. Don Rosalino comentó que no creía que la cosa fuera para tanta satisfacción. Pues la fue, que a media mañana llevé al cementerio con tres compañeros el cadáver de un crío; debimos creernos importantes en medio de tanta gente, porque habíamos sido invitados para la noble tarea por el padre de la criaturita, que nos dio dos pesetas a cada portador. Verificado el enterramiento del diminuto ataúd, nos fuimos los cuatro al «Charco de las ánimas» para comprobar si aún vivía «La purrusalda», una mula vieja que su dueño había dejado allí moribunda; Florencio, el más valiente de los cuatro, sacó su navaja portuguesa y le hizo un corte en el morro; el pobre animal medio abrió un ojo; Florencio, dándoselas de entendido, diagnosticó: ya no aceza, morirá en un rato; si tuviera una pistola, aseguró, la remataba ahora mismo. Por la tarde, el maestro nos llevó en excursión para que contempláramos la faena del tendido de los gruesos cables, torre a torre, en la línea de alta tensión. Don Rosalino nos pidió atención a los trabajos que aseguraban el paso del progreso por el pueblo, aunque se fuera con la luz para otros pueblos; sabía el buen maestro que, imitando a los mozos, algunos escolares se habían subido a lo alto de las torres; eso se acabó, el que se acerque a los cables cuando pase la corriente, se queda seco, como un pajarito El caso es que el entierro de una criatura, la mula torturada y el cableado de la línea eléctrica nos hicieron muy dichosos. Raro potaje de motivos para la felicidad. En todo caso, cosas de niños. La lectura reposada de «Los Chachos» ayuda a entenderlas.