En pocos siglos ha desaparecido una situación secular en la cultura rural
RUFO GAMAZO RICO. En la memoria colectiva, el hermosísimo, dramático, poema de Claudio Rodríguez
«Contrata de mozos». Bien puso titularlo por su bíblica resonancia «Parábola de agostero». Arranca el poema: «¿Qué estáis haciendo aquí? «¿Qué hacemos en medio de la plaza y a estas horas?» En la parábola la de los vendimiadores pregunta el propietario: ¿Por qué habéis estado ociosos todo el día? Porque nadie nos contrató, le replican. Es el lamento del que sufre la angustia de «estar demás» en la nómina de empleados.
La parábola y el poema de Claudio Rodríguez contemplan una situación que se repetía anualmente en la secular cultura rural; en pocos años ha desaparecido lo que durante siglos, se había mantenido inalterable. Por la Feria de San Pedro, los jurdanos «se iban al poste» de la plaza de Ciudad Rodrigo con la esperanza de ser contratados para la dura brega veraniega. La cosecha precisaba incorporar a la faena mozos de fuertes brazos y ágil cintura, y mulas más recias y sufridas que de airosa apariencia. Confiaba el labrador en el chalán que siempre le había proporcionado el animal más conveniente; también el pago, a su conveniencia, esto es, cuando la cosecha estuviera en la panera; el labrador, satisfecho porque el chalán le había resuelto el perentorio problema de «falta de liquidez», no paraba mientes en considerar que el interés podría considerarse rayano en la usura; pero en tiempo de esperanza y la cosecha en puertas lo es, nadie se para a echar cuentas.
La contrata de agosteros en la Plaza Mayor se ha quedado para siempre en el poema de Claudio Rodríguez ,Y el quiera recordar lo que se vendía en la Feria de la Madera, allá abajo en La Horta, no tiene más remedio que acudir a la obra de otro literato puntero, el periodista y novelista zamorano Pedro Álvarez. En sus novelas y semblanzas es fácil y gratificante por demás, espigar interesantes tipos notables en su humilde condición, conocer la realidad de los oficios y la singularidad de cada faena, y componer el diccionario rico en nombres de instrumentos, aún los más raros, de la labranza. No recuerdo a quién le oí —acaso fuera a Juan Aparicio— que de la obra de Pedro Álvarez podría sacarse el más amplio catálogo de documentadas piezas para montar un buen museo del apero. También comparto la opinión de que en la escuelas de Artes y Oficios debería ser obligado el conocimiento de los textos de Pedro Álvarez. Conforman la fiel memoria de un mundo desaparecido después de una vigencia tan antigua como la presencia del hombre sobre la Tierra. Sin embargo, no resulta absurdo creer que mientras vivan en los libros, no pueden darse por definitivamente desaparecidos; su lectura despierta la curiosidad de muchos y la añoranza de algunos que cada día que pasa, son menos en número y ven cómo la memoria se cubre de lagunas. En cierta ocasión lamentaba un escritor de turismo que a los niños y jóvenes de hoy no les dicen nada muchas palabras de ayer: la verdad es que con la cosa desapareció su nombre, no distinguiría un joven si un buches es animal o cosa; pero ¿quedan buches en los pueblos? Es evidente que el vocabulario campesino que engordó durante siglos, se ha reducido como consecuencia de la mecanización: la máquina cosechadora sustituye con ventaja a braceros, segadores, animales e instrumentos de labranza que al devenir en inútiles, hacen innecesarios sus nombres que suenan como voquiblos. Es de suponer que el juvenil lector ha acudido al diccionario para confirmar su conocimiento de la palabra agostero.
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